Bueno, pues os dejo aquí mis historias, en vacaciones seguiré escribiendo más y si queréis comunicaros conmigo, aquí os dejo el correo de PLFDV: porlafuerzadevoluntad@hotmail.com ^^ espero que os guste
PRÓLOGO
Estuve encerrada, en un pequeño y frío lugar, a oscuras y sin mi móvil. ¿Que cómo llegué hasta allí? Ahora os lo explico.
Me llamo Andrea y tengo dieciséis años. Tengo dos hermanos Álex y Adriana, son mellizos y tienen seis años. Nuestra madre murió en un accidente unos meses después de que ellos nacieran, y el trabajo impide que veamos a nuestro padre durante mucho tiempo. Y, por eso, yo tengo que cuidar de mis hermanos.
En Navidad, mi tía Natalia se lleva a mis hermanos a su casa una semana con sus hijos, Sol, con cinco añitos, y Izan con siete. Así tengo tiempo para comprar los regalos para los peques.
jueves, 26 de enero de 2012
Intriga en Navidad (Acortada)
Estuve encerrada, en un pequeño y frío lugar, a oscuras y sin mi móvil. ¿Que cómo llegué hasta allí? Ahora os lo explico.
Me llamo Andrea y tengo dieciséis años. Tengo dos hermanos Álex y Adriana, son mellizos y tienen seis años. Nuestra madre murió en un accidente unos meses después de que ellos nacieran, y el trabajo impide que veamos a nuestro padre durante mucho tiempo. Y, por eso, yo tengo que cuidar de mis hermanos.
En Navidad, mi tía Natalia se lleva a mis hermanos a su casa una semana con sus hijos, Sol, con cinco añitos, y Izan con siete. Así tengo tiempo para comprar los regalos para los peques. Pero este año, yendo hacia el centro comercial, sentía que alguien me estaba siguiendo, me sentía vigilada, observada… Entré nerviosa en una calle solitaria, que era un pequeño atajo para llegar al centro, que ya se podía oír la melodía de las canciones navideñas que suelen poner a todo volumen en la entrada. Me pregunto por qué tuve que meterme por ahí. De pronto, una mano fría me agarró del cuello y dos más de los brazos. Me fijé que en el suelo se proyectaban dos grandes sombras. Quise gritar. Pero no pude.
Me desperté en un coche, más bien en el maletero, junto a otra chica, dormida pero temblando. Era un coche grande, y se oía una conversación entre dos hombres. Uno tenía la voz grave, pero tenue. El otro la tenía más potente. Me quedé escuchando durante un rato, y de ahí pude averiguar que el hombre de la voz potente se llamaba Aarón, y planeaban hacer un intercambio. Me sobresalté cuando de repente noté algo acariciando mi brazo. Era el largo pelo de la chica que estaba antes dormida. Y rápidamente me tapó la boca para que no escuchasen el típico gritito de susto.
-Hola, me llamo Emma.- Me dijo ella, susurrando.
-Eh… Hola… Yo… Yo soy Andrea.- Respondí, susurrando también.
-Espera, ¿Dónde estamos?- preguntó Emma preocupada.
-En el maletero de un coche, pero no sé muy bien hacia dónde vamos.- Contesté.
De pronto el coche frenó y me di un pequeño golpe en la cabeza, pero eso no me preocupaba. Quería saber la razón de la parada.
Observé por una rendija que el tal Aarón bajó del coche y, en su lugar, subió una mujer, con un largo pelo rubio recogido en una cola alta.
-Hola, señor Méndez,-dijo ella, con una voz dulce- ¿qué me habéis traído?
-Son dos chicas- Dijo el señor Méndez.
-¿Vivas?- Preguntó ella.
-Sí, señora.- Contestó el hombre.
-Bien.
Ella arrancó el coche. Emma y yo nos quedamos dormidas durante un buen rato. Un movimiento brusco nos despertó y, rápidamente pero evitando hacer ruido, nos incorporamos para ver el lugar donde nos hallábamos.
Estábamos subiendo una montaña, cerca de un gran precipicio, del cual no se podía ver el fondo. El coche iba frenando poco a poco y Emma se fijó en que estábamos entrando en el recinto de alguna mansión. El coche aceleró y pudimos ver la casa. Era siniestra, y más aún por la noche. La mujer aparcó y el señor Méndez abrió el maletero y nos sacó de un tirón. La mujer nos miró a las dos de arriba abajo.
-¿Quién será la primera, jefa?- Preguntó él.
-Ella,- dijo, señalando a Emma.-pero de momento enciérralas. Arriba, en el trastero.
-Sí, Silvia.- Dijo el hombre, mirándome a los ojos, con una mirada de lo más asesina.
Silvia sacó de su gran bolso unas llaves, escogió una y abrió el portón. Las baldosas de aquella sala eran de mármol y los muebles de madera. Subimos por una larga escalera hasta llegar a una habitación oscura. De pronto el señor Méndez nos empujó hacia dentro y nos encerró con llave. Me di cuenta de que Emma lloraba.
-Andrea, ¿qué nos va a pasar?- preguntó con la voz temblorosa.- ¿De qué seré yo la primera?
-No lo sé…- Dije suspirando.- Oye, ¿cuántos años tienes?
-Quince, dentro de dos meses cumpliré dieciséis. ¿Y tú?
-Dieciséis ya. ¿Tienes hermanos?
-No, soy hija única.
-Vaya, que suerte, yo tengo dos hermanos, mellizos, de seis años.
-¿Cómo se llaman?- preguntó curiosa.
-Adriana y Álex
Nos seguimos contando todo y nos hicimos grandes amigas.
Después de un buen rato hablando, un hombre abrió la puerta y se llevó a Emma. Yo intenté impedirlo, pero no pude. <<Espera>>, pensé. Me acordé de que tenía el móvil. Miré por todos los bolsillos de la chaqueta y del pantalón. No estaba. Se me debió caer o me lo quitaron cuando me durmieron en aquella calle. Y estuve allí, encerrada, en un pequeño y frío lugar, a oscuras y sin mi móvil.
Pasado un rato, aún asustada pero aburrida, me empecé a tocar el pelo y me encontré con una horquilla medio caída. Alegre, me la quité, la doblé un poco y la introduje en la rendija de la llave. Estuve un buen rato intentando abrir la puerta hasta que lo conseguí. Salí apresurando de aquella habitación, sigilosamente. Tuve que sortear a unos hombres vestidos de negro. No fue fácil encontrar a Emma. Escuché unas voces, abajo en una salita. Había una voz desconocida, con acento alemán.
Me asomé en la puerta evitando que me vieran, y vi a Emma atada a una silla, callada y muy seria.
-¿Quiere un café, o un té mejor?- Preguntó Silvia al alemán.
-Un té helado, gracias.-Contestó él.
Silvia se levantó de un gran sillón y caminó hacia la puerta. Yo tuve que esconderme detrás de un mueble que había detrás de mí. Por suerte, no me vio. Sonó el timbre de un móvil, el de aquel alemán, podía ser. Subió por las escaleras y entró en una habitación. Este era el momento de actuar. Entré rápido en la sala y deshice el fuerte nudo de la cuerda que ataba a Emma. Vimos una gran ventana al fondo y, como era una planta baja, saltamos a fuera. De repente, Silvia nos vio saltar, y tiró al suelo el té del alemán y llamó a sus guardias, chillando. Nos fijamos en que en la entrada había cámaras de seguridad, así que tuvimos que cruzar por el precipicio. Bajamos un poco hasta estar seguras de que las cámaras no nos podían ver, así tardarían más en localizarnos. Teníamos que ser lo suficientemente rápidas, pero por este camino era bastante difícil. Pasando de una roca sobresalida a otra estuvimos a punto de llegar arriba y salir corriendo. Pero justo en el último momento apoyé mi pie sobre una roca suelta, y me quedé colgando del brazo de Emma. Con mucho esfuerzo ella consiguió ayudarme a subir. Se lo agradecí con todo mi corazón. Ya casi éramos libres, porque ese precipicio nos ayudó mucho. Pero teníamos un pequeño problema. No sabíamos cómo llegar a casa. No podíamos hacer otra cosa que salir corriendo cuesta abajo, y así fue. Llegamos a una pequeña bahía, con una pequeña fuente de agua potable en una esquina. Sonriendo nos acercamos a ella y bebimos hasta hartarnos. Saciadas ya, nos quedamos allí unos cinco minutos para poder descansar y recuperar el aliento, detrás de una roca, por si bajaban Silvia y los demás. Ya amanecía, era muy temprano, y nos pusimos en marcha hacia la autopista. Como suele haber teléfonos para llamar gratuitamente por si tienes algún accidente o algo, llamamos al número de emergencias. Les dijimos lo que nos había pasado y también donde estábamos. No tardaron mucho en llegar. Eran dos. Emma y yo les explicamos las cosas más detalladamente. Uno de los dos hizo una llamada a un policía, y al acabar de hablar con él nos dijo que su compañero se quedaría vigilando para ver quién bajaba de aquella montaña y que mientras, él nos acompañaría a nuestras casas. Felices mi mejor amiga y yo, subimos al coche.
Por la tarde, un policía y un reportero vinieron a mi casa. El policía me devolvió mi móvil y me dijo que me lo había quitado Ricardo Méndez, uno de los cuatro detenidos. También me comentó que tuvieron un problema con el coche, por esa razón tardaron tanto en bajar. El reportero, en cambio me hizo una larga entrevista para informar a la ciudad de aquél suceso. Después me quiso hacer una fotografía, y yo acepté.
Al día siguiente, vino Emma a mi casa con un periódico abierto y me dijo:
-Somos la noticia del día, ¡Salimos en la portada!
Tenía razón, habían puesto una foto de cada una en la portada y publicaron la entrevista que nos hicieron a cada una en la página de sucesos. Y abajo, bien claro ponía: <<Han sido detenidos los cuatro secuestradores, Silvia Castro, Ricardo Méndez, Aarón Rodríguez y el rico alemán, Adler Hahn. >>.
Y ahora estoy aquí, explicándoos esto, y me he dado cuenta de que Emma y yo rebosamos de valentía y de confianza entre nosotras, mi mejor amiga y yo. Para siempre.