Estuve en el
Tuenti una media hora, puse música e
hice el tonto en mi cuarto hasta, más o menos, las seis y cuarto. Miré por la
ventana, ya estaba algo oscuro. Llamé a mi padre, que iba camino a España para
vernos y estuvimos hasta las siete hablando. Luego me puse a leer un libro, Canciones para Paula, que trata de una
chica enamorada de un chico que tiene unos seis años más que ella. Finalmente, fui
a preparar la cena. No quería cenar mucho, había comido mucho y no quería
exagerar con la comida. Así que me hice una ensalada con un poco de pasta. Me
quedé mirando la tele y a las once sonó el teléfono. Era una compañera de
clase, que todos habían quedado para ir el día tres a patinar sobre hielo a la
pista del centro. Acepté, le di las buenas noches, y me fui a dormir.
Abrí los
ojos. Miré la hora en el móvil. Eran las once y diez de la mañana del día dos
de enero. Hora de levantarse. Bostecé y estiré los brazos con mucha fuerza, me
puse las zapatillas y fui a la cocina a prepararme el desayuno. No había leche.
Me daba mucha pereza ir a comprar antes de desayunar, así que me puse unos
vaqueros, un jersey de cuello alto y unas botas, cogí dinero y la chaqueta y me
fui a un Capuccino. Al llegar me
senté en una mesa y un camarero me dio la carta.
-¿Qué desea,
señorita? –Preguntó ese mismo camarero.
-Pues… Una
taza de chocolate suizo y un cruasán, por favor.
-Muy bien,
ahora mismo se lo traigo.
-Muchas
gracias. –Dije con una sonrisa.
A los cinco
minutos el chico ya me había traído mi desayuno y la cuenta. Me lo comí
intentando no mancharme de chocolate y pagué la comida. Me puse la chaqueta,
cogí mi bolso y salí del bar. Me pasé a comprar “provisiones” al supermercado
con tal de llenar un poco la nevera de mi casa.
Estaba en la
sección de las especias cuando me fijé en un hombre. Iba vestido con una camisa
blanca y una americana, los pantalones y los zapatos negros. Era un tipo
bastante extraño, hasta llevaba unas gafas de sol puestas. Parecía una especie
de espía, y me hizo mucha gracia. Pasé de él y fui a pagar a la caja. La tarde
de aquél día fue una tarde como muchas otras, sin nada que contar.
Al día
siguiente, había quedado con los compañeros de clase para ir a patinar al
centro, así que apuré al vestirme y fui a la calle a esperar al autobús. Pasó
el número seis, pero ese no iba al centro. Al cabo de un rato pasó el dos. Ese
era el mío.
Cuando bajé se acercaron un grupo de chicos y
chicas a saludarme. Eran mis amigos: Samanta, Guille, Aina, Fina y Desi.
¡Cuánto los echaba de menos!
-¡Feliz año
nuevo chicos! –Grité.
-¡Igualmente
Andrea! –Dijeron los cinco a coro.
-Allí están
los demás –Señaló Aina estirándome del brazo.
Los seis
salimos corriendo hacia la pista, saludé con afecto a los otros chicos y
pagamos para coger los patines. Me los puse y fui con cierta inseguridad hasta
la pista. Yo no sabía patinar mucho, así que entré con mucho cuidado al hielo.
Cuando tenía el equilibrio necesario para aguantarme de pie, di un paso y me
deslicé medio metro hacia delante, pero justo en ese momento, un chico pasó por
detrás y, sin poder evitarlo, nos caímos los dos al suelo. Estuve a punto de
ponerme a gritar como una histérica cuando me di cuenta de que era Edu. Mi amor
secreto. Tiene dos años más que yo, nos conocimos en las convivencias entre
segundo y cuarto curso de secundaria y llevo desde esos días pillada por él.
Pero por culpa de mi timidez no me atrevo a decírselo.
-¡Andrea!
Cuánto tiempo, ¿eh? ¿Qué tal va todo? –Preguntó.
-Eh… Mu-muy
bi-bi-bien. –Dije tartamudeando. Debió pensar que soy tonta.
-¡Me alegro!
¿Quieres patinar conmigo?
Asentí con la cabeza, nos levantamos, y de la
mano fuimos patinando hasta el otro extremo de la pista. Fue un día fantástico.
Luego fuimos a comer y al cine a ver la última película de Harry Potter. Al volver, me di cuenta de que una furgoneta blanca
iba muy despacio por la carretera, pero mi casa estaba a dos metros así que no
le di importancia.
El día siguiente lo pasé con mis hermanos, mis
primos mi tía, mi padre y yo. Esa noche se volvía a ir así que disfrutamos en
familia. Jugamos al Monopoli, al
parchís, con la Wii… Fue un día
estupendo.
Ya era día cinco.
Pero no tenía presente lo que me esperaba. Me levanté bastante tarde, a las
doce y media o así. Directamente me hice una sopa y un filete de pollo a la
plancha y comí. Estuve mirando una película hasta las seis de la tarde, y
preparé una lista con los regalos de Reyes, cogí dinero, un abrigo y
caminando como cada año al centro.