PRÓLOGO

Estuve encerrada, en un pequeño y frío lugar, a oscuras y sin mi móvil. ¿Que cómo llegué hasta allí? Ahora os lo explico.

Me llamo Andrea y tengo dieciséis años. Tengo dos hermanos Álex y Adriana, son mellizos y tienen seis años. Nuestra madre murió en un accidente unos meses después de que ellos nacieran, y el trabajo impide que veamos a nuestro padre durante mucho tiempo. Y, por eso, yo tengo que cuidar de mis hermanos.

En Navidad, mi tía Natalia se lleva a mis hermanos a su casa una semana con sus hijos, Sol, con cinco añitos, y Izan con siete. Así tengo tiempo para comprar los regalos para los peques.

sábado, 7 de abril de 2012

Capítulo 2


Estuve en el Tuenti una media hora, puse música e hice el tonto en mi cuarto hasta, más o menos, las seis y cuarto. Miré por la ventana, ya estaba algo oscuro. Llamé a mi padre, que iba camino a España para vernos y estuvimos hasta las siete hablando. Luego me puse a leer un libro, Canciones para Paula, que trata de una chica enamorada de un chico que tiene unos seis años más que ella. Finalmente, fui a preparar la cena. No quería cenar mucho, había comido mucho y no quería exagerar con la comida. Así que me hice una ensalada con un poco de pasta. Me quedé mirando la tele y a las once sonó el teléfono. Era una compañera de clase, que todos habían quedado para ir el día tres a patinar sobre hielo a la pista del centro. Acepté, le di las buenas noches, y me fui a dormir.
Abrí los ojos. Miré la hora en el móvil. Eran las once y diez de la mañana del día dos de enero. Hora de levantarse. Bostecé y estiré los brazos con mucha fuerza, me puse las zapatillas y fui a la cocina a prepararme el desayuno. No había leche. Me daba mucha pereza ir a comprar antes de desayunar, así que me puse unos vaqueros, un jersey de cuello alto y unas botas, cogí dinero y la chaqueta y me fui a un Capuccino. Al llegar me senté en una mesa y un camarero me dio la carta.
-¿Qué desea, señorita? –Preguntó ese mismo camarero.
-Pues… Una taza de chocolate suizo y un cruasán, por favor.
-Muy bien, ahora mismo se lo traigo.
-Muchas gracias. –Dije con una sonrisa.
A los cinco minutos el chico ya me había traído mi desayuno y la cuenta. Me lo comí intentando no mancharme de chocolate y pagué la comida. Me puse la chaqueta, cogí mi bolso y salí del bar. Me pasé a comprar “provisiones” al supermercado con tal de llenar un poco la nevera de mi casa.
Estaba en la sección de las especias cuando me fijé en un hombre. Iba vestido con una camisa blanca y una americana, los pantalones y los zapatos negros. Era un tipo bastante extraño, hasta llevaba unas gafas de sol puestas. Parecía una especie de espía, y me hizo mucha gracia. Pasé de él y fui a pagar a la caja. La tarde de aquél día fue una tarde como muchas otras, sin nada que contar.
Al día siguiente, había quedado con los compañeros de clase para ir a patinar al centro, así que apuré al vestirme y fui a la calle a esperar al autobús. Pasó el número seis, pero ese no iba al centro. Al cabo de un rato pasó el dos. Ese era el mío.
 Cuando bajé se acercaron un grupo de chicos y chicas a saludarme. Eran mis amigos: Samanta, Guille, Aina, Fina y Desi. ¡Cuánto los echaba de menos!
-¡Feliz año nuevo chicos! –Grité.
-¡Igualmente Andrea! –Dijeron los cinco a coro.
-Allí están los demás –Señaló Aina estirándome del brazo.
Los seis salimos corriendo hacia la pista, saludé con afecto a los otros chicos y pagamos para coger los patines. Me los puse y fui con cierta inseguridad hasta la pista. Yo no sabía patinar mucho, así que entré con mucho cuidado al hielo. Cuando tenía el equilibrio necesario para aguantarme de pie, di un paso y me deslicé medio metro hacia delante, pero justo en ese momento, un chico pasó por detrás y, sin poder evitarlo, nos caímos los dos al suelo. Estuve a punto de ponerme a gritar como una histérica cuando me di cuenta de que era Edu. Mi amor secreto. Tiene dos años más que yo, nos conocimos en las convivencias entre segundo y cuarto curso de secundaria y llevo desde esos días pillada por él. Pero por culpa de mi timidez no me atrevo a decírselo.
-¡Andrea! Cuánto tiempo, ¿eh? ¿Qué tal va todo? –Preguntó.
-Eh… Mu-muy bi-bi-bien. –Dije tartamudeando. Debió pensar que soy tonta.
-¡Me alegro! ¿Quieres patinar conmigo?
 Asentí con la cabeza, nos levantamos, y de la mano fuimos patinando hasta el otro extremo de la pista. Fue un día fantástico. Luego fuimos a comer y al cine a ver la última película de Harry Potter. Al volver, me di cuenta de que una furgoneta blanca iba muy despacio por la carretera, pero mi casa estaba a dos metros así que no le di importancia.
 El día siguiente lo pasé con mis hermanos, mis primos mi tía, mi padre y yo. Esa noche se volvía a ir así que disfrutamos en familia. Jugamos al Monopoli, al parchís, con la Wii… Fue un día estupendo.
Ya era día cinco. Pero no tenía presente lo que me esperaba. Me levanté bastante tarde, a las doce y media o así. Directamente me hice una sopa y un filete de pollo a la plancha y comí. Estuve mirando una película hasta las seis de la tarde, y preparé una lista con los regalos de Reyes, cogí dinero, un abrigo y caminando  como cada año al centro.

Capítulo 1


-¡Yo he pedido un coche teledirigido de Rayo McQueen,- dijo Álex vacilante.- el videojuego de Super Mario Bros, y un juego de construcción!
-¿Y tú que has pedido, Adri?- Pregunté.
-Yo… Una Barbie sirenita, un cojín de Hannah Montana, y un libro de Gerónimo Stilton.
<<Un libro…>> pensé. Álex siempre ha sido un trasto de niño, a los cuatro años ya le rompía las muñecas a su hermana, siempre lloraba y estaba con una rabieta todo el día. Pero Adriana siempre ha sido muy tranquila. Cuando tenía una muñeca rota, no lloraba, sino que me traía la muñeca y un brazo, una pierna o la cabeza en la mano, y me pedía que se la montase. Se la arreglaba, me daba las gracias y volvía con una sonrisa en la cara a jugar otra vez. Ella ha sido un poco más independiente desde que cumplió los cinco años. Iba a su estantería de colores, buscaba un libro interesante para su edad, y se lo leía. Al mediodía ya tenía tres o cuatro libros leídos. Y me sentía orgullosa de ella.
De repente, empezó a sonar American Idiot de Green Day. Miré la pantallita del móvil y vi que me llamaba tía Natalia. Respondí.
-¡Hola!
-Hola Andrea, ¿tus hermanos están listos?
-Sí, ¿dónde estás?-Dije, mirando por la ventana.
-Ahora llego, en dos minutos estoy en la puerta. Id bajando, ¡hasta ahora!
-¡Chao! - y colgué.
-¡Niños! ¡Traigan sus pertenencias aquí!- grité imitando a un sargento militar.
Esto era un juego habitual, así que ya se lo sabían de memoria y en unos segundos aparecieron los dos con su maleta, y se colocaron uno al lado del otro.
-¡Firmes!- Exclamé.
 Cogieron aire, se pusieron serios, metieron la barriga para dentro, sacaron pecho y juntaron las piernas. Luego yo empecé a pasar lista:
-¡Camisetas y pantalones calentitos!
-¡Sí, señora!- Gritaron a coro.
-¡Pijama!
-¡Sí, señora!
-¡Ropa interior para cada día!
-¡Sí, señora!- Repitieron.
¡Cepillo de dientes!
-¡Sí, señora!-
 Pero esta vez, solo se escuchó la voz de Adriana. Álex no lo había cogido. Salió corriendo a por él, volvió y lo metió en la maleta. Se puso firme de nuevo.
-Pues creo que esto es todo lo que necesitáis. ¡Descansen!
 Y los dos se relajaron y suspiraron con fuerza. Cogieron cada uno su maleta, salimos de la casa y esperamos al ascensor. Se abrió la puerta delante de nosotros y entramos dentro. Como en el ascensor hay un espejo en una de las paredes, los niños se pusieron a hacer muecas divertidas reflejándose en él, y acabamos riendo a carcajadas.
Mi tía ya esperaba en la puerta con Sol y Izan en el coche. Era un coche grande de siete plazas, en el que cabíamos todos para irnos de vacaciones de verano, mis primos, mis hermanos, mi padre, mi tía y yo. Venía justo.
Antes de irse, les dije adiós a los pequeñajos y le di dos besos a mi tía. Aceleraron y yo me despedí con la mano. Me di la vuelta y creí escuchar algo detrás de los matorrales, pero lo pasé por alto. Debió ser el viento.