PRÓLOGO

Estuve encerrada, en un pequeño y frío lugar, a oscuras y sin mi móvil. ¿Que cómo llegué hasta allí? Ahora os lo explico.

Me llamo Andrea y tengo dieciséis años. Tengo dos hermanos Álex y Adriana, son mellizos y tienen seis años. Nuestra madre murió en un accidente unos meses después de que ellos nacieran, y el trabajo impide que veamos a nuestro padre durante mucho tiempo. Y, por eso, yo tengo que cuidar de mis hermanos.

En Navidad, mi tía Natalia se lleva a mis hermanos a su casa una semana con sus hijos, Sol, con cinco añitos, y Izan con siete. Así tengo tiempo para comprar los regalos para los peques.

sábado, 4 de agosto de 2012

Capítulo 10


  Estuvimos buscando zapatos muchísimo tiempo, y tuvimos que ir corriendo a casa de Emma a ducharnos y arreglarnos.
-¡Emma, no nos hemos acordado de los biquinis!- Exclamé.
-¡Tienes razón! Te dejo uno mío, si quieres.
-Pero me vendrá pequeño.- Advertí.- Bah, es igual. No me bañaré.
-¿Segura? No quiero que te quedes sola si todos nos bañamos.
-Da igual, Emma, no me molesta.
-Bueno, como quieras.
  Cogimos nuestras cosas y fuimos hacia la plaza. Edu nos esperaba con un Audi A8. Era un coche increíble, igual que caro. ¡Madre mía!
-¡Hola chicas!- Gritó Edu mientras salía del coche.
-Eh… Hola…-Dije temblando.
-¡Hola Edu! Soy Emma, encantada.- Se presentó, dándole dos besos.- ¡Menudo cochazo!
-Gracias Emma.- Dijo con una sonrisa. ¡Y qué sonrisa!- Un regalo de mi familia.
-Pues menudo regalo.- Puntuó Emma.
  Emma y Edu rieron, pero yo estaba tan nerviosa que casi ni había escuchado lo que habían dicho. Estaba pensando en lo que podría pasar en la fiesta.
-Andrea, ¿estás ahí?- Dijo Edu, agitando la mano delante de mi cara.- ¿Andrea?
-Eh… S-sí, es-estoy. Lo siento.
-¿En qué pensabas, hermana?- Preguntó Emma.
-Eh… En nada. Nada.- Respondí algo desconcertada.
-Anda, ven, sube al coche.- Dijo Edu, estirándome de la mano. Me estremecí un poco. Su mano estaba caliente y algo áspera, pero al estirar apretaba suavemente.
  Yo iba delante, en el asiento del copiloto, y Emma se puso detrás de Edu. Nos pusimos en marcha y mientras escuchábamos música. Terminó de sonar Pound the alarm de Nicki Minaj y continuó con What makes you beautiful de One Direction. El grupo favorito de Emma. Cantaba con soltura la letra y, además, Emma tiene una voz increíble.
-Baby you light up my world like nobody else, the way that you flip your hair gets me overwhelmed, but when you smile at the ground it ain’t hard to tell you don’t know ooh, you don’t know you’re beautiful ooh, that’s what makes you beautiful…-Cantó alegre con un inglés perfecto.
-Vaya, Emma, no tenía ni idea de que cantabas tan bien.- Dijo Edu, sin apartar la mirada de la carretera.- Si lo hubiese sabido, te habría contratado como cantante en la fiesta, me has dejado impresionado.
-¡Qué va! Si yo no valgo para esto.- Rió ella.
-¿Bromeas? ¡Si tienes la mejor voz que he escuchado en mi vida!- Le dije.
-Pues tú también cantas muy bien.- Comentó.
-No tan bien como tú.
-¡Hagamos un grupo! ¿Edu, tú tocas algún instrumento?

martes, 31 de julio de 2012

Capítulo 9


  Era día tres y Emma y yo habíamos quedado para ir de compras por la mañana, en busca de ropa para la fiesta. Fuimos al centro en autobús, y nos paramos en varias tiendas.
-¿Tendrá piscina?- Preguntó Emma.
-¿Piscina? No lo había pensado… Y yo no tengo ningún biquini en condiciones.
-Pues más vale que después vayamos a comprarnos uno luego. Yo creo que sí que tengo, pero así estreno biquini este verano.
-Vale, pues iremos a mirar luego.- Comenté yo.
  Entramos a New Yorker, y fuimos a ver los vestidos. Era una fiesta veraniega, no teníamos que ir de gala ni demasiado “pomposas”. Vi un vestido precioso, de cuadros azules y palabra de honor. Pero Emma también lo vio. Y no quería ir igual que ella.
-¿Te gusta?- Dijo, enseñándomelo.
-Me encanta.-  Solté yo, un poco desilusionada. Ese vestido lo vio primero ella, así que se lo debía quedar ella. No quería discutir.
-Pues todo tuyo, Andrea. Te quedará mucho mejor que a mí. Y eres tú la que tienes que deslumbrar a Edu.
-Pero lo has visto tú primero, no puedo…
-Es tuyo, Andrea.- Interrumpió.- Pruébatelo, anda, yo sigo mirando. He visto una falda preciosa, voy a buscar talla.
-Gracias Emma. Te quiero. Eres como otra hermana para mí.
  Emma me sonrió, y yo la sonreí también. Era mi hermana. Me sentía muy bien con ella, a su lado. Es increíble que en un día le hubiese cogido tanto cariño. No hay un día que no nos veamos, no sé qué sería de mi vida sin ella. Emma me convenció para que fuese a la fiesta, y no sabía lo que me esperaba en ella.
  Fui a los probadores. Mierda. No había ninguno libre. Salí a mirar cosas cerca de los probadores por si salía alguien. Había shorts y camisetas. Casi todas con las banderas de Inglaterra o de Estados Unidos. No sé qué tiene la gente con ellas. Salió una chica de los probadores, y yo, rápidamente, me metí. Me quité la camiseta y la falda, me puse el vestido, me coloqué el pelo y me miré al espejo. Me quedaba fenomenal.
-¿Andrea?- Escuché. Era Emma.
-¡Aquí!- Dije, sacando la mano para que me viese.
-¿Puedo pasar?
-Claro, pasa.
Entró en el probador, me miró y me di la vuelta como pude.
-Estás preciosa, Andrea.- Comentó.- No sé si Edu se pondrá celoso cuando todos sus amigos vayan detrás de ti.- Dijo, tras una pequeña carcajada.
-Exagerada.- Dije, mirándola de reojo.- ¿Y tú? ¿Has visto algo?
-Esta minifalda y esta camiseta.- Dijo, enseñándome las dos prendas.
-¡Qué bonito! Me cambio y te dejo el probador. Pagamos, nos vamos a comer y buscamos zapatos, ¿vale?
-Ok.

Capítulo 8


-¡Hola Edu!- Dije, por teléfono.
-¡Hola Andreita!- Me respondió. Andreita. Soy como su pequeña. Se me paró la respiración durante unos segundos.- ¿Qué tal te va?
-Eh… Bien, ¿y a ti?
-Perfectamente.- Dijo.
-Me alegro. Quería confirmarte que iré a la fiesta de tu tío con Emma, aquella chica que secuestraron conmigo.- Dije, mirando a Emma, que ella se reía de cómo me temblaba la voz.
-Perfecto entonces, la fiesta empieza a las ocho de la tarde, os pasaré a recoger en la plaza de delante de tu casa una hora antes, a las siete, si te va bien, con mi coche nuevo, ¡que me acabo de sacar el carné de conducir!- Exclamó alegre.
-¡Vaya Edu, enhorabuena! Pues me parece perfecto, en la plaza entonces, ¡hasta día tres! Un besazo.
-Gracias Andrea, otro para vosotras, ¡adiós!- Se despidió.
  Colgué el teléfono y miré a Emma con ojos asesinos.
-¿Qué?- Dijo riéndose a carcajadas- ¡Si temblabas como un flan!
-¿Se me notaba mucho en la voz?- Pregunté con las mejillas ardiendo.
-No, creo que desde el teléfono no se escuchaba demasiado.
-Puede que no se me haya escuchado a mí, pero se habrá asustado con tus carcajadas…- Dije jocosa.
-Bueno, al menos tengo más sentido del humor que tú.- Vaciló.
  Acompañé a Emma a su casa más tarde, llegué a casa e hice la cena para mis hermanos. Yo no tenía hambre.
-¡Adri, Álex, a cenar!
-¡Voy!- Gritó Adri, y al poco tiempo apareció corriendo a sentarse en la mesa.
-¿Y Álex?
-Jugando con la Nintendo, le he avisado, pero no me ha escuchado.- Dijo, serena.
  Fui a su habitación a buscarle, ¡qué desastre había montado! Había piezas de construcción por todo el suelo, carcasas de videojuegos rotas, ropa tirada por la cama…
-¡Álex! Recoge este desastre o no cenas.- Impuse.
-No quiero.- Y siguió jugando.
-¿Qué?- Dije sorprendida.
-¡Qué no quiero! ¡Déjame, idiota!- ¿Idiota? ¿Dónde habrá aprendido eso?
-Pues castigado sin cenar. Y te quedas sin Nintendo durante una semana.- Le dije arrancándosela de las manos.- No hace falta que salgas de la habitación hasta mañana. Buenas noches.
  Salí de su habitación cerrando la puerta, apagué la consola y la guardé bien escondida en mi habitación. Fui a la cocina, a ver como andaba Adri. Estaba seria, comiendo tranquilamente y de todo lo que tenía en el plato. No me creo que tenga seis años. Esta niñita, tan guapa como inocente, va a ser un genio cuando sea mayor. Sospecho que sea superdotada. Al verme entrar en la cocina, sonrió suavemente, masticó i tragó.
-¿Qué ha pasado, Andrea?- Preguntó. Parecía algo preocupada por su hermano.
-Nada, Adri. No te preocupes.- Dije evitando mostrar mi enfado.
-¿Nada? No lo parece.
-Tranquila. Solo es un castigo.
  Era más que eso. Me había llamado idiota. Un niño de seis años, me acababa de llamar idiota. Pero no un niño cualquiera. Es mi hermano. Y eso me dolió muchísimo.

lunes, 30 de julio de 2012

Capítulo 7


 Al llegar a casa, Álex y Adriana corrieron a jugar con Purni, su perrito. Era un cachorrito de Pastor alemán muy juguetón, pero estaba muy bien entrenado. Nos lo regaló tía Natalia, por las Navidades pasadas, aquellas en las que me secuestraron y conocí a mi mejor amiga. Si os digo la verdad, fue una de las mejores Navidades de mi vida.
Emma y yo subimos a mi habitación a escuchar música. Pusimos Friends Will Be Friends, de Queen, y comprobamos si teníamos algún e-mail.  Yo tenía cinco: uno de Emma, dos de publicidad, uno de mi padre (que me contaba todo lo que había en Dinamarca), y uno de Edu. Emma leyó en voz alta el mensaje:
-“¡Hey chica! ¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Te acuerdas? Hace seis meses, en la pista de hielo, qué bueno que fue. Bueno pues quería decirte que mi tío ha organizado una fiesta día tres de agosto, y si quieres puedes venir, ¡trae a alguna amiga! Si vienes llámame y ya quedamos para ir hacia allí. Besos, Edu.” -Terminó- Bueno… Parece una buena idea, ¿no crees?
-No creo que…
-¡Anda ya! Si se te nota un montón que ese chico te gusta. –Dijo con una gran sonrisa en la cara.
Es mi mejor amiga. Tenía que confiar en ella.
-Me has pillado, Emma.
-No sabes mentir, ¿eh? Además, te brillan los ojos. –Dijo con una risa suave.
Me miré al espejo. Había cambiado mucho desde aquél secuestro. Antes llevaba el pelo por encima de los hombros, liso y castaño. Ahora me lo he dejado largo, más o menos sobre el pecho con unos tirabuzones preciosos dorados por el sol. Tengo un aspecto más maduro que hace seis meses. Me fijé en que Emma tenía razón, los ojos me brillaban, y mucho. Sonreí al espejo y solté una carcajada.
-¿Mentir? Para nada.
-Ya. Anda, déjame mirar mi e-mail. –Dijo Emma, apartándome del ordenador.
Al entrar en su correo vio algo extraño. Había un e-mail en el que no salía la dirección de Hotmail ni ningún nombre del remitente. Sorprendidas abrimos aquél correo. Claramente, en mayúscula, decía: <<VIGILAD AL PAYASO. ÉL FUE EL CULPABLE DEL ERROR>>.
-¿Qué error?- Dijimos a coro.
Las dos pensamos lo mismo. El payaso de los globos de esa misma tarde. Pero, ¿qué error?

Capítulo 6


Estuvimos paseando por la ciudad, yo llevaba de la mano a Álex y Emma a Adriana. Llevábamos un par de bolsas del Corte Inglés con ropa nueva para todos. Pasamos cerca de un Dunkin Donuts y decidimos pararnos. Los pequeños pidieron un batido de chocolate y un donuts de virutas de colores, y nosotras un café y un donuts normal. Buscamos una mesa vacía y fuimos a sentarnos. Álex se comió muy rápidamente el donuts y se bebió el batido. Las chicas, que tenemos más cuidado con la comida, lo hicimos más despacio. Salimos a la calle con medio donuts en la mano.
 De repente, Álex se me escapó y salió corriendo hacia un colorido payaso que hacía una espada con globos de colores. Adri también se escapó de la mano de Emma y nosotras detrás de ellos. El payaso, al ver a los niños, se puso manos a la obra y les hizo un perrito a cada uno, uno verde para Álex y uno rojo para Adriana. Nos íbamos cuando el payaso me tocó el hombro, Emma y yo nos dimos la vuelta y ese payaso nos puso dos flores de globos de colores en nuestras narices.
-Para vosotras, chicas. -Dijo el payaso con una sonrisa pícara.
-Eh, gracias, -Dijo Emma confundida.- no… hacía falta.
-Es un regalo de la casa. –Dijo el hombre.
 Le respondimos con una sonrisa, dimos media vuelta, y continuamos con nuestro camino.

domingo, 29 de julio de 2012

Capítulo 5

Por la tarde, un policía y un reportero vinieron a mi casa. El policía me devolvió mi móvil y me dijo que me lo había quitado Ricardo Méndez, uno de los cuatro detenidos. Al parecer, el alemán dio el nombre de Aarón y también lo cogieron los policías. También me comentó que tuvieron un problema con el coche, por esa razón tardaron tanto en bajar. El reportero, en cambio me hizo una larga entrevista para informar a la ciudad de aquel suceso. Después me quiso hacer una fotografía, y yo acepté. Llamé a mi tía más tarde para contarle un resumen y decirle que ya estaba todo solucionado y que no se preocupara.
   Al día siguiente, vino Emma a mi casa con un periódico abierto y me dijo:
-Somos la noticia del día, ¡Salimos en la portada!
   Tenía razón, habían puesto una foto de cada una en la portada y publicaron la entrevista que nos hicieron a cada una en la página de sucesos. Y abajo, bien claro ponía: <<Han sido detenidos los cuatro secuestradores, Silvia Castro, Ricardo Méndez, Aarón Rodríguez y el rico alemán, Adler Hahn. >>.
   Y ahora estoy aquí, explicándoos esto, y me he dado cuenta de que Emma y yo rebosamos de valentía y de confianza entre nosotras, mi mejor amiga y yo. Para siempre.

Capítulo 4


Estábamos subiendo una montaña, cerca de un gran precipicio, del cual no se podía ver el fondo. El coche iba frenando poco a poco y Emma se fijó en que estábamos entrando en el recinto de alguna mansión. El coche aceleró y pudimos ver la casa. Era siniestra, y más aún por la noche. Estábamos sorprendidas de la inmensidad de la casa a la vez que asustadísimas por no saber lo que nos iban a hacer. La mujer aparcó y el señor Méndez abrió el maletero y nos sacó de un tirón con tanta fuerza que casi nos arranca el brazo. La mujer nos miró a las dos de arriba abajo y sonrió pícaramente con unos dientes blanquísimos.
-¿Quién será la primera, jefa?- Preguntó él.
-Ella,- dijo, señalando a Emma.-pero de momento enciérralas. Arriba, en el trastero.
-Sí, señorita Silvia.- Dijo el hombre, mirándome a los ojos, con una mirada de lo más asesina. Me llegó a estremecer la frialdad de ese hombre.
   Silvia sacó de su gran bolso unas llaves, a saber cuántas llevaba, escogió una y abrió el portón. Las baldosas de aquella sala eran de mármol de tonos marrones y los muebles de madera muy elegantes. Subimos por una larga escalera hasta llegar a una habitación oscura. De pronto el señor Méndez nos empujó hacia dentro y nos encerró con llave. Me di cuenta de que Emma lloraba.
-Andrea, ¿qué nos va a pasar?- preguntó con la voz temblorosa.- ¿De qué seré yo la primera?
-No lo sé…- Dije suspirando.- Oye, ¿cuántos años tienes?
-Quince, dentro de dos meses cumpliré dieciséis. ¿Y tú?
-Dieciséis ya. ¿Tienes hermanos?
-No, soy hija única.
-Vaya, que suerte, yo tengo dos hermanos, mellizos, de seis años.
-¿Cómo se llaman?- Preguntó curiosa y lo divertida que se puede llegar a estar en esas circunstancias.
-Adriana y Álex. A mi madre le gustan los nombres que empiezan por A.- Respondí sonriendo.
   Nos seguimos contando la vida y nos hicimos grandes amigas. Fue como si el destino nos hubiese unido en una simple noche de Reyes.
   Después de un buen rato hablando, un hombre abrió la puerta y se llevó a Emma. Yo intenté impedirlo, pero no pude. <<Espera>>, pensé. Me acordé de que tenía el móvil. Al estar en el coche no podía llamar, así que decidí esperar hasta que me olvidé por completo. Miré por todos los bolsillos de la chaqueta y del pantalón. No estaba. Se me debió caer o me lo quitaron cuando me durmieron en aquella calle. Maldita sea. Y estuve allí, encerrada, en un pequeño y frío lugar, a oscuras y sin mi móvil.
   Pasado un rato, aún asustada pero aburrida, me empecé a tocar el pelo y me encontré con una horquilla medio caída. Alegre, o lo que se puede llamar “alegre”, me la quité, la doblé un poco y la introduje en la rendija de la llave. Estuve un buen rato intentando abrir la puerta intentando imitar lo que hacen en las películas sabiendo que las probabilidades de que funcionase eran escasas. Lo seguí intentando hasta que, sorprendentemente, lo conseguí. Salí apresurando de aquella habitación, sigilosamente para evitar que me oyesen. Tuve que sortear a unos hombres vestidos de negro, que al verlos me recordaron al hombre ese del supermercado. Increíble. No me había dado cuenta de que me seguían desde hacía días.
 No fue fácil encontrar a Emma. Escuché unas voces, abajo en una salita. Había una voz desconocida, con acento alemán. Me asomé en la puerta evitando que me vieran, y vi a Emma atada a una silla, callada y muy seria.
-¿Quiere un café, o un té mejor?- Preguntó Silvia al alemán.
-Un té helado, gracias.-Contestó él. ¿Un té helado en pleno invierno? Veo que este tío estaba muy loco. Vestía elegante, con objetos de oro puestos por la chaqueta. Era rico, sin duda.
   Silvia se levantó de un gran sillón y caminó hacia la puerta. Yo tuve que esconderme detrás de un mueble que había detrás de mí. Por suerte, no me vio. Sonó el timbre de un móvil, el de aquel alemán, podía ser. Subió por las escaleras y entró en una habitación. Este era el momento de actuar. Entré rápido en la sala y deshice el fuerte nudo de la cuerda que ataba a Emma. Me dio las gracias en un susurro y buscamos un sitio para salir de allí cuanto antes. Vimos una gran ventana al fondo y, como era una planta baja, saltamos a fuera. De repente, Silvia nos vio saltar, y tiró al suelo el té del alemán y llamó a sus guardias, chillando. Nos fijamos en que en la entrada había cámaras de seguridad, así que tuvimos que cruzar por el borde del precipicio. Bajamos un poco hasta estar seguras de que las cámaras no nos podían ver, así tardarían más en localizarnos. Teníamos que ser lo suficientemente rápidas, pero por este camino era bastante difícil. Pasando de una roca sobresalida a otra estuvimos a punto de llegar arriba y salir corriendo. Pero justo en el último momento apoyé mi pie sobre una roca suelta, y me quedé colgando del brazo de Emma. Mi vida dependía de un brazo. Con mucho esfuerzo ella consiguió ayudarme a subir. Se lo agradecí con todo mi corazón. Ya casi éramos libres, porque ese precipicio nos ayudó mucho. Pero teníamos un pequeño problema. No sabíamos cómo llegar a casa. No podíamos hacer otra cosa que salir corriendo cuesta abajo, y así fue. Llegamos a una pequeña bahía, con una pequeña fuente de agua potable en una esquina. Sonriendo nos acercamos a ella y bebimos hasta hartarnos. Saciadas ya, nos quedamos allí unos cinco minutos para poder descansar y recuperar el aliento, detrás de una roca, por si bajaban Silvia y los demás. Ya amanecía, era muy temprano, y nos pusimos en marcha hacia la autopista. Como suele haber teléfonos para llamar gratuitamente por si tienes algún accidente o algo similar, llamamos al número de emergencias. Les dijimos, resumiendo, lo que nos había pasado y también donde estábamos. No tardaron mucho en llegar. Eran dos.  Emma y yo les explicamos las cosas más detalladamente. Uno de los dos hizo una llamada a un policía, y al acabar de hablar con él nos dijo que su compañero se quedaría vigilando para ver quién bajaba de aquella montaña y que mientras, él nos acompañaría a nuestras casas. Felices y aliviadas, mi mejor amiga y yo, subimos al coche.

Capítulo 3


Me desperté en un coche, más bien en el maletero, junto a otra chica, morena, delgadita y muy guapa. Estaba dormida pero temblaba. El coche era un coche grande, al parecer de color negro, y se oía una conversación entre dos hombres. Uno tenía la voz grave, pero tenue. El otro la tenía más potente. Me quedé escuchando durante un rato, y de ahí pude averiguar que el hombre de la voz potente se llamaba Aarón, y planeaban hacer un intercambio. Estaba muy asustada, pero debía mantener la calma para protegerme a mí misma. Me sobresalté cuando de repente noté algo acariciando mi brazo. Era el largo pelo de la chica que estaba antes dormida. Y rápidamente me tapó la boca para que no escuchasen el típico gritito de susto.
-Hola, me llamo Emma.- Me dijo ella, susurrando.
-Eh… Hola… Yo… Yo soy Andrea.- Respondí, susurrando también.
 -Espera, ¿Dónde estamos?- Preguntó Emma preocupada.
-En el maletero de un coche, pero no sé muy bien hacia dónde vamos.- Contesté.
  De pronto el coche frenó y me di un pequeño golpe en la cabeza, pero eso no me preocupaba. Quería saber la razón de la parada.
  Observé por una rendija que el tal Aarón bajó del coche y, en su lugar, subió una mujer, con un largo pelo rubio recogido en una cola alta. Era alta y muy guapa, con unos labios rojos y muy blanca de piel.
-Hola, señor Méndez,-dijo ella, con una voz dulce- ¿qué me habéis traído?
-Son dos chicas- Dijo el señor Méndez.
-¿Vivas?- Preguntó ella. Fue en ese momento cuando casi se me para la respiración.
-Sí, señora.- Contestó el hombre.
-Bien.
  Ella arrancó el coche. Emma y yo nos quedamos dormidas durante un buen rato. Un movimiento brusco nos despertó y, rápidamente pero evitando hacer ruido, nos incorporamos para ver el lugar donde nos hallábamos.

sábado, 7 de abril de 2012

Capítulo 2


Estuve en el Tuenti una media hora, puse música e hice el tonto en mi cuarto hasta, más o menos, las seis y cuarto. Miré por la ventana, ya estaba algo oscuro. Llamé a mi padre, que iba camino a España para vernos y estuvimos hasta las siete hablando. Luego me puse a leer un libro, Canciones para Paula, que trata de una chica enamorada de un chico que tiene unos seis años más que ella. Finalmente, fui a preparar la cena. No quería cenar mucho, había comido mucho y no quería exagerar con la comida. Así que me hice una ensalada con un poco de pasta. Me quedé mirando la tele y a las once sonó el teléfono. Era una compañera de clase, que todos habían quedado para ir el día tres a patinar sobre hielo a la pista del centro. Acepté, le di las buenas noches, y me fui a dormir.
Abrí los ojos. Miré la hora en el móvil. Eran las once y diez de la mañana del día dos de enero. Hora de levantarse. Bostecé y estiré los brazos con mucha fuerza, me puse las zapatillas y fui a la cocina a prepararme el desayuno. No había leche. Me daba mucha pereza ir a comprar antes de desayunar, así que me puse unos vaqueros, un jersey de cuello alto y unas botas, cogí dinero y la chaqueta y me fui a un Capuccino. Al llegar me senté en una mesa y un camarero me dio la carta.
-¿Qué desea, señorita? –Preguntó ese mismo camarero.
-Pues… Una taza de chocolate suizo y un cruasán, por favor.
-Muy bien, ahora mismo se lo traigo.
-Muchas gracias. –Dije con una sonrisa.
A los cinco minutos el chico ya me había traído mi desayuno y la cuenta. Me lo comí intentando no mancharme de chocolate y pagué la comida. Me puse la chaqueta, cogí mi bolso y salí del bar. Me pasé a comprar “provisiones” al supermercado con tal de llenar un poco la nevera de mi casa.
Estaba en la sección de las especias cuando me fijé en un hombre. Iba vestido con una camisa blanca y una americana, los pantalones y los zapatos negros. Era un tipo bastante extraño, hasta llevaba unas gafas de sol puestas. Parecía una especie de espía, y me hizo mucha gracia. Pasé de él y fui a pagar a la caja. La tarde de aquél día fue una tarde como muchas otras, sin nada que contar.
Al día siguiente, había quedado con los compañeros de clase para ir a patinar al centro, así que apuré al vestirme y fui a la calle a esperar al autobús. Pasó el número seis, pero ese no iba al centro. Al cabo de un rato pasó el dos. Ese era el mío.
 Cuando bajé se acercaron un grupo de chicos y chicas a saludarme. Eran mis amigos: Samanta, Guille, Aina, Fina y Desi. ¡Cuánto los echaba de menos!
-¡Feliz año nuevo chicos! –Grité.
-¡Igualmente Andrea! –Dijeron los cinco a coro.
-Allí están los demás –Señaló Aina estirándome del brazo.
Los seis salimos corriendo hacia la pista, saludé con afecto a los otros chicos y pagamos para coger los patines. Me los puse y fui con cierta inseguridad hasta la pista. Yo no sabía patinar mucho, así que entré con mucho cuidado al hielo. Cuando tenía el equilibrio necesario para aguantarme de pie, di un paso y me deslicé medio metro hacia delante, pero justo en ese momento, un chico pasó por detrás y, sin poder evitarlo, nos caímos los dos al suelo. Estuve a punto de ponerme a gritar como una histérica cuando me di cuenta de que era Edu. Mi amor secreto. Tiene dos años más que yo, nos conocimos en las convivencias entre segundo y cuarto curso de secundaria y llevo desde esos días pillada por él. Pero por culpa de mi timidez no me atrevo a decírselo.
-¡Andrea! Cuánto tiempo, ¿eh? ¿Qué tal va todo? –Preguntó.
-Eh… Mu-muy bi-bi-bien. –Dije tartamudeando. Debió pensar que soy tonta.
-¡Me alegro! ¿Quieres patinar conmigo?
 Asentí con la cabeza, nos levantamos, y de la mano fuimos patinando hasta el otro extremo de la pista. Fue un día fantástico. Luego fuimos a comer y al cine a ver la última película de Harry Potter. Al volver, me di cuenta de que una furgoneta blanca iba muy despacio por la carretera, pero mi casa estaba a dos metros así que no le di importancia.
 El día siguiente lo pasé con mis hermanos, mis primos mi tía, mi padre y yo. Esa noche se volvía a ir así que disfrutamos en familia. Jugamos al Monopoli, al parchís, con la Wii… Fue un día estupendo.
Ya era día cinco. Pero no tenía presente lo que me esperaba. Me levanté bastante tarde, a las doce y media o así. Directamente me hice una sopa y un filete de pollo a la plancha y comí. Estuve mirando una película hasta las seis de la tarde, y preparé una lista con los regalos de Reyes, cogí dinero, un abrigo y caminando  como cada año al centro.

Capítulo 1


-¡Yo he pedido un coche teledirigido de Rayo McQueen,- dijo Álex vacilante.- el videojuego de Super Mario Bros, y un juego de construcción!
-¿Y tú que has pedido, Adri?- Pregunté.
-Yo… Una Barbie sirenita, un cojín de Hannah Montana, y un libro de Gerónimo Stilton.
<<Un libro…>> pensé. Álex siempre ha sido un trasto de niño, a los cuatro años ya le rompía las muñecas a su hermana, siempre lloraba y estaba con una rabieta todo el día. Pero Adriana siempre ha sido muy tranquila. Cuando tenía una muñeca rota, no lloraba, sino que me traía la muñeca y un brazo, una pierna o la cabeza en la mano, y me pedía que se la montase. Se la arreglaba, me daba las gracias y volvía con una sonrisa en la cara a jugar otra vez. Ella ha sido un poco más independiente desde que cumplió los cinco años. Iba a su estantería de colores, buscaba un libro interesante para su edad, y se lo leía. Al mediodía ya tenía tres o cuatro libros leídos. Y me sentía orgullosa de ella.
De repente, empezó a sonar American Idiot de Green Day. Miré la pantallita del móvil y vi que me llamaba tía Natalia. Respondí.
-¡Hola!
-Hola Andrea, ¿tus hermanos están listos?
-Sí, ¿dónde estás?-Dije, mirando por la ventana.
-Ahora llego, en dos minutos estoy en la puerta. Id bajando, ¡hasta ahora!
-¡Chao! - y colgué.
-¡Niños! ¡Traigan sus pertenencias aquí!- grité imitando a un sargento militar.
Esto era un juego habitual, así que ya se lo sabían de memoria y en unos segundos aparecieron los dos con su maleta, y se colocaron uno al lado del otro.
-¡Firmes!- Exclamé.
 Cogieron aire, se pusieron serios, metieron la barriga para dentro, sacaron pecho y juntaron las piernas. Luego yo empecé a pasar lista:
-¡Camisetas y pantalones calentitos!
-¡Sí, señora!- Gritaron a coro.
-¡Pijama!
-¡Sí, señora!
-¡Ropa interior para cada día!
-¡Sí, señora!- Repitieron.
¡Cepillo de dientes!
-¡Sí, señora!-
 Pero esta vez, solo se escuchó la voz de Adriana. Álex no lo había cogido. Salió corriendo a por él, volvió y lo metió en la maleta. Se puso firme de nuevo.
-Pues creo que esto es todo lo que necesitáis. ¡Descansen!
 Y los dos se relajaron y suspiraron con fuerza. Cogieron cada uno su maleta, salimos de la casa y esperamos al ascensor. Se abrió la puerta delante de nosotros y entramos dentro. Como en el ascensor hay un espejo en una de las paredes, los niños se pusieron a hacer muecas divertidas reflejándose en él, y acabamos riendo a carcajadas.
Mi tía ya esperaba en la puerta con Sol y Izan en el coche. Era un coche grande de siete plazas, en el que cabíamos todos para irnos de vacaciones de verano, mis primos, mis hermanos, mi padre, mi tía y yo. Venía justo.
Antes de irse, les dije adiós a los pequeñajos y le di dos besos a mi tía. Aceleraron y yo me despedí con la mano. Me di la vuelta y creí escuchar algo detrás de los matorrales, pero lo pasé por alto. Debió ser el viento.

jueves, 26 de enero de 2012

Intriga en Navidad (Acortada)


  Estuve encerrada, en un pequeño y frío lugar, a oscuras y sin mi móvil. ¿Que cómo llegué hasta allí? Ahora os lo explico.
  Me llamo Andrea y tengo dieciséis años. Tengo dos hermanos Álex y Adriana, son mellizos y tienen seis años. Nuestra madre murió en un accidente unos meses después de que ellos nacieran, y el trabajo impide que veamos a nuestro padre durante mucho tiempo. Y, por eso, yo tengo que cuidar de mis hermanos.
  En Navidad, mi tía Natalia se lleva a mis hermanos a su casa una semana con sus hijos, Sol, con cinco añitos, y Izan con siete. Así tengo tiempo para comprar los regalos para los peques. Pero este año, yendo hacia el centro comercial, sentía que alguien me estaba siguiendo, me sentía vigilada, observada… Entré nerviosa en una calle solitaria, que era un pequeño atajo para llegar al centro, que ya se podía oír la melodía de las canciones navideñas que suelen poner a todo volumen en la entrada. Me pregunto por qué tuve que meterme por ahí. De pronto, una mano fría me agarró del cuello y dos más de los brazos. Me fijé que en el suelo se proyectaban dos grandes sombras. Quise gritar. Pero no pude.
Me desperté en un coche, más bien en el maletero, junto a otra chica, dormida pero temblando. Era un coche grande, y se oía una conversación entre dos hombres. Uno tenía la voz grave, pero tenue. El otro la tenía más potente. Me quedé escuchando durante un rato, y de ahí pude averiguar que el hombre de la voz potente se llamaba Aarón, y planeaban hacer un intercambio. Me sobresalté cuando de repente noté algo acariciando mi brazo. Era el largo pelo de la chica que estaba antes dormida. Y rápidamente me tapó la boca para que no escuchasen el típico gritito de susto.
-Hola, me llamo Emma.- Me dijo ella, susurrando.
-Eh… Hola… Yo… Yo soy Andrea.- Respondí, susurrando también.
 -Espera, ¿Dónde estamos?- preguntó Emma preocupada.
-En el maletero de un coche, pero no sé muy bien hacia dónde vamos.- Contesté.
  De pronto el coche frenó y me di un pequeño golpe en la cabeza, pero eso no me preocupaba. Quería saber la razón de la parada.
  Observé por una rendija que el tal Aarón bajó del coche y, en su lugar, subió una mujer, con un largo pelo rubio recogido en una cola alta.
-Hola, señor Méndez,-dijo ella, con una voz dulce- ¿qué me habéis traído?
-Son dos chicas- Dijo el señor Méndez.
-¿Vivas?- Preguntó ella.
-Sí, señora.- Contestó el hombre.
-Bien.
  Ella arrancó el coche. Emma y yo nos quedamos dormidas durante un buen rato. Un movimiento brusco nos despertó y, rápidamente pero evitando hacer ruido, nos incorporamos para ver el lugar donde nos hallábamos.
  Estábamos subiendo una montaña, cerca de un gran precipicio, del cual no se podía ver el fondo. El coche iba frenando poco a poco y Emma se fijó en que estábamos entrando en el recinto de alguna mansión. El coche aceleró y pudimos ver la casa. Era siniestra, y más aún por la noche. La mujer aparcó y el señor Méndez abrió el maletero y nos sacó de un tirón. La mujer nos miró a las dos de arriba abajo.
-¿Quién será la primera, jefa?- Preguntó él.
-Ella,- dijo, señalando a Emma.-pero de momento enciérralas. Arriba, en el trastero.
-Sí, Silvia.- Dijo el hombre, mirándome a los ojos, con una mirada de lo más asesina.
   Silvia sacó de su gran bolso unas llaves, escogió una y abrió el portón. Las baldosas de aquella sala eran de mármol y los muebles de madera. Subimos por una larga escalera hasta llegar a una habitación oscura. De pronto el señor Méndez nos empujó hacia dentro y nos encerró con llave. Me di cuenta de que Emma lloraba.
-Andrea, ¿qué nos va a pasar?- preguntó con la voz temblorosa.- ¿De qué seré yo la primera?
-No lo sé…- Dije suspirando.- Oye, ¿cuántos años tienes?
-Quince, dentro de dos meses cumpliré dieciséis. ¿Y tú?
-Dieciséis ya. ¿Tienes hermanos?
-No, soy hija única.
-Vaya, que suerte, yo tengo dos hermanos, mellizos, de seis años.
-¿Cómo se llaman?- preguntó curiosa.
-Adriana y Álex
   Nos seguimos contando todo y nos hicimos grandes amigas.
   Después de un buen rato hablando, un hombre abrió la puerta y se llevó a Emma. Yo intenté impedirlo, pero no pude. <<Espera>>, pensé. Me acordé de que tenía el móvil. Miré por todos los bolsillos de la chaqueta y del pantalón. No estaba. Se me debió caer o me lo quitaron cuando me durmieron en aquella calle. Y estuve allí, encerrada, en un pequeño y frío lugar, a oscuras y sin mi móvil.
   Pasado un rato, aún asustada pero aburrida, me empecé a tocar el pelo y me encontré con una horquilla medio caída. Alegre, me la quité, la doblé un poco y la introduje en la rendija de la llave. Estuve un buen rato intentando abrir la puerta hasta que lo conseguí. Salí apresurando de aquella habitación, sigilosamente. Tuve que sortear a unos hombres vestidos de negro. No fue fácil encontrar a Emma. Escuché unas voces, abajo en una salita. Había una voz desconocida, con acento alemán.
   Me asomé en la puerta evitando que me vieran, y vi a Emma atada a una silla, callada y muy seria.
-¿Quiere un café, o un té mejor?- Preguntó Silvia al alemán.
-Un té helado, gracias.-Contestó él.
   Silvia se levantó de un gran sillón y caminó hacia la puerta. Yo tuve que esconderme detrás de un mueble que había detrás de mí. Por suerte, no me vio. Sonó el timbre de un móvil, el de aquel alemán, podía ser. Subió por las escaleras y entró en una habitación. Este era el momento de actuar. Entré rápido en la sala y deshice el fuerte nudo de la cuerda que ataba a Emma. Vimos una gran ventana al fondo y, como era una planta baja, saltamos a fuera. De repente, Silvia nos vio saltar, y tiró al suelo el té del alemán y llamó a sus guardias, chillando. Nos fijamos en que en la entrada había cámaras de seguridad, así que tuvimos que cruzar por el precipicio. Bajamos un poco hasta estar seguras de que las cámaras no nos podían ver, así tardarían más en localizarnos. Teníamos que ser lo suficientemente rápidas, pero por este camino era bastante difícil. Pasando de una roca sobresalida a otra estuvimos a punto de llegar arriba y salir corriendo. Pero justo en el último momento apoyé mi pie sobre una roca suelta, y me quedé colgando del brazo de Emma. Con mucho esfuerzo ella consiguió ayudarme a subir. Se lo agradecí con todo mi corazón. Ya casi éramos libres, porque ese precipicio nos ayudó mucho. Pero teníamos un pequeño problema. No sabíamos cómo llegar a casa. No podíamos hacer otra cosa que salir corriendo cuesta abajo, y así fue. Llegamos a una pequeña bahía, con una pequeña fuente de agua potable en una esquina. Sonriendo nos acercamos a ella y bebimos hasta hartarnos. Saciadas ya, nos quedamos allí unos cinco minutos para poder descansar y recuperar el aliento, detrás de una roca, por si bajaban Silvia y los demás. Ya amanecía, era muy temprano, y nos pusimos en marcha hacia la autopista. Como suele haber teléfonos para llamar gratuitamente por si tienes algún accidente o algo, llamamos al número de emergencias. Les dijimos lo que nos había pasado y también donde estábamos. No tardaron mucho en llegar. Eran dos.  Emma y yo les explicamos las cosas más detalladamente. Uno de los dos hizo una llamada a un policía, y al acabar de hablar con él nos dijo que su compañero se quedaría vigilando para ver quién bajaba de aquella montaña y que mientras, él nos acompañaría a nuestras casas. Felices mi mejor amiga y yo, subimos al coche.
   Por la tarde, un policía y un reportero vinieron a mi casa. El policía me devolvió mi móvil y me dijo que me lo había quitado Ricardo Méndez, uno de los cuatro detenidos. También me comentó que tuvieron un problema con el coche, por esa razón tardaron tanto en bajar. El reportero, en cambio me hizo una larga entrevista para informar a la ciudad de aquél suceso. Después me quiso hacer una fotografía, y yo acepté.
   Al día siguiente, vino Emma a mi casa con un periódico abierto y me dijo:
-Somos la noticia del día, ¡Salimos en la portada!
   Tenía razón, habían puesto una foto de cada una en la portada y publicaron la entrevista que nos hicieron a cada una en la página de sucesos. Y abajo, bien claro ponía: <<Han sido detenidos los cuatro secuestradores, Silvia Castro, Ricardo Méndez, Aarón Rodríguez y el rico alemán, Adler Hahn. >>.
   Y ahora estoy aquí, explicándoos esto, y me he dado cuenta de que Emma y yo rebosamos de valentía y de confianza entre nosotras, mi mejor amiga y yo. Para siempre.