PRÓLOGO

Estuve encerrada, en un pequeño y frío lugar, a oscuras y sin mi móvil. ¿Que cómo llegué hasta allí? Ahora os lo explico.

Me llamo Andrea y tengo dieciséis años. Tengo dos hermanos Álex y Adriana, son mellizos y tienen seis años. Nuestra madre murió en un accidente unos meses después de que ellos nacieran, y el trabajo impide que veamos a nuestro padre durante mucho tiempo. Y, por eso, yo tengo que cuidar de mis hermanos.

En Navidad, mi tía Natalia se lleva a mis hermanos a su casa una semana con sus hijos, Sol, con cinco añitos, y Izan con siete. Así tengo tiempo para comprar los regalos para los peques.

sábado, 7 de abril de 2012

Capítulo 1


-¡Yo he pedido un coche teledirigido de Rayo McQueen,- dijo Álex vacilante.- el videojuego de Super Mario Bros, y un juego de construcción!
-¿Y tú que has pedido, Adri?- Pregunté.
-Yo… Una Barbie sirenita, un cojín de Hannah Montana, y un libro de Gerónimo Stilton.
<<Un libro…>> pensé. Álex siempre ha sido un trasto de niño, a los cuatro años ya le rompía las muñecas a su hermana, siempre lloraba y estaba con una rabieta todo el día. Pero Adriana siempre ha sido muy tranquila. Cuando tenía una muñeca rota, no lloraba, sino que me traía la muñeca y un brazo, una pierna o la cabeza en la mano, y me pedía que se la montase. Se la arreglaba, me daba las gracias y volvía con una sonrisa en la cara a jugar otra vez. Ella ha sido un poco más independiente desde que cumplió los cinco años. Iba a su estantería de colores, buscaba un libro interesante para su edad, y se lo leía. Al mediodía ya tenía tres o cuatro libros leídos. Y me sentía orgullosa de ella.
De repente, empezó a sonar American Idiot de Green Day. Miré la pantallita del móvil y vi que me llamaba tía Natalia. Respondí.
-¡Hola!
-Hola Andrea, ¿tus hermanos están listos?
-Sí, ¿dónde estás?-Dije, mirando por la ventana.
-Ahora llego, en dos minutos estoy en la puerta. Id bajando, ¡hasta ahora!
-¡Chao! - y colgué.
-¡Niños! ¡Traigan sus pertenencias aquí!- grité imitando a un sargento militar.
Esto era un juego habitual, así que ya se lo sabían de memoria y en unos segundos aparecieron los dos con su maleta, y se colocaron uno al lado del otro.
-¡Firmes!- Exclamé.
 Cogieron aire, se pusieron serios, metieron la barriga para dentro, sacaron pecho y juntaron las piernas. Luego yo empecé a pasar lista:
-¡Camisetas y pantalones calentitos!
-¡Sí, señora!- Gritaron a coro.
-¡Pijama!
-¡Sí, señora!
-¡Ropa interior para cada día!
-¡Sí, señora!- Repitieron.
¡Cepillo de dientes!
-¡Sí, señora!-
 Pero esta vez, solo se escuchó la voz de Adriana. Álex no lo había cogido. Salió corriendo a por él, volvió y lo metió en la maleta. Se puso firme de nuevo.
-Pues creo que esto es todo lo que necesitáis. ¡Descansen!
 Y los dos se relajaron y suspiraron con fuerza. Cogieron cada uno su maleta, salimos de la casa y esperamos al ascensor. Se abrió la puerta delante de nosotros y entramos dentro. Como en el ascensor hay un espejo en una de las paredes, los niños se pusieron a hacer muecas divertidas reflejándose en él, y acabamos riendo a carcajadas.
Mi tía ya esperaba en la puerta con Sol y Izan en el coche. Era un coche grande de siete plazas, en el que cabíamos todos para irnos de vacaciones de verano, mis primos, mis hermanos, mi padre, mi tía y yo. Venía justo.
Antes de irse, les dije adiós a los pequeñajos y le di dos besos a mi tía. Aceleraron y yo me despedí con la mano. Me di la vuelta y creí escuchar algo detrás de los matorrales, pero lo pasé por alto. Debió ser el viento.

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