-¡Yo he pedido
un coche teledirigido de Rayo McQueen,-
dijo Álex vacilante.- el videojuego de Super
Mario Bros, y un juego de construcción!
-¿Y tú que
has pedido, Adri?- Pregunté.
-Yo… Una Barbie sirenita, un cojín de Hannah Montana, y un libro de Gerónimo Stilton.
<<Un
libro…>> pensé. Álex siempre ha sido un trasto de niño, a los cuatro años
ya le rompía las muñecas a su hermana, siempre lloraba y estaba con una rabieta
todo el día. Pero Adriana siempre ha sido muy tranquila. Cuando tenía una
muñeca rota, no lloraba, sino que me traía la muñeca y un brazo, una pierna o
la cabeza en la mano, y me pedía que se la montase. Se la arreglaba, me daba
las gracias y volvía con una sonrisa en la cara a jugar otra vez. Ella ha sido
un poco más independiente desde que cumplió los cinco años. Iba a su estantería
de colores, buscaba un libro interesante para su edad, y se lo leía. Al
mediodía ya tenía tres o cuatro libros leídos. Y me sentía orgullosa de ella.
De repente,
empezó a sonar American Idiot de
Green Day. Miré la pantallita del móvil y vi que me llamaba tía Natalia.
Respondí.
-¡Hola!
-Hola
Andrea, ¿tus hermanos están listos?
-Sí, ¿dónde
estás?-Dije, mirando por la ventana.
-Ahora
llego, en dos minutos estoy en la puerta. Id bajando, ¡hasta ahora!
-¡Chao! - y colgué.
-¡Niños!
¡Traigan sus pertenencias aquí!- grité imitando a un sargento militar.
Esto era un
juego habitual, así que ya se lo sabían de memoria y en unos segundos
aparecieron los dos con su maleta, y se colocaron uno al lado del otro.
-¡Firmes!-
Exclamé.
Cogieron aire, se pusieron serios, metieron la
barriga para dentro, sacaron pecho y juntaron las piernas. Luego yo empecé a
pasar lista:
-¡Camisetas
y pantalones calentitos!
-¡Sí,
señora!- Gritaron a coro.
-¡Pijama!
-¡Sí,
señora!
-¡Ropa
interior para cada día!
-¡Sí,
señora!- Repitieron.
¡Cepillo de
dientes!
-¡Sí,
señora!-
Pero esta vez, solo se escuchó la voz de
Adriana. Álex no lo había cogido. Salió corriendo a por él, volvió y lo metió
en la maleta. Se puso firme de nuevo.
-Pues creo
que esto es todo lo que necesitáis. ¡Descansen!
Y los dos se relajaron y suspiraron con
fuerza. Cogieron cada uno su maleta, salimos de la casa y esperamos al
ascensor. Se abrió la puerta delante de nosotros y entramos dentro. Como en el
ascensor hay un espejo en una de las paredes, los niños se pusieron a hacer
muecas divertidas reflejándose en él, y acabamos riendo a carcajadas.
Mi tía ya
esperaba en la puerta con Sol y Izan en el coche. Era un coche grande de siete
plazas, en el que cabíamos todos para irnos de vacaciones de verano, mis
primos, mis hermanos, mi padre, mi tía y yo. Venía justo.
Antes de
irse, les dije adiós a los pequeñajos y le di dos besos a mi tía. Aceleraron y
yo me despedí con la mano. Me di la vuelta y creí escuchar algo detrás de los
matorrales, pero lo pasé por alto. Debió ser el viento.
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