Estábamos
subiendo una montaña, cerca de un gran precipicio, del cual no se podía ver el
fondo. El coche iba frenando poco a poco y Emma se fijó en que estábamos
entrando en el recinto de alguna mansión. El coche aceleró y pudimos ver la
casa. Era siniestra, y más aún por la noche. Estábamos sorprendidas de la
inmensidad de la casa a la vez que asustadísimas por no saber lo que nos iban a
hacer. La mujer aparcó y el señor Méndez abrió el maletero y nos sacó de un
tirón con tanta fuerza que casi nos arranca el brazo. La mujer nos miró a las
dos de arriba abajo y sonrió pícaramente con unos dientes blanquísimos.
-¿Quién será
la primera, jefa?- Preguntó él.
-Ella,-
dijo, señalando a Emma.-pero de momento enciérralas. Arriba, en el trastero.
-Sí,
señorita Silvia.- Dijo el hombre, mirándome a los ojos, con una mirada de lo
más asesina. Me llegó a estremecer la frialdad de ese hombre.
Silvia sacó de su gran bolso unas llaves, a
saber cuántas llevaba, escogió una y abrió el portón. Las baldosas de aquella
sala eran de mármol de tonos marrones y los muebles de madera muy elegantes.
Subimos por una larga escalera hasta llegar a una habitación oscura. De pronto
el señor Méndez nos empujó hacia dentro y nos encerró con llave. Me di cuenta
de que Emma lloraba.
-Andrea,
¿qué nos va a pasar?- preguntó con la voz temblorosa.- ¿De qué seré yo la
primera?
-No lo sé…-
Dije suspirando.- Oye, ¿cuántos años tienes?
-Quince,
dentro de dos meses cumpliré dieciséis. ¿Y tú?
-Dieciséis
ya. ¿Tienes hermanos?
-No, soy
hija única.
-Vaya, que
suerte, yo tengo dos hermanos, mellizos, de seis años.
-¿Cómo se
llaman?- Preguntó curiosa y lo divertida que se puede llegar a estar en esas
circunstancias.
-Adriana y
Álex. A mi madre le gustan los nombres que empiezan por A.- Respondí sonriendo.
Nos seguimos contando la vida y nos hicimos
grandes amigas. Fue como si el destino nos hubiese unido en una simple noche de
Reyes.
Después de un buen rato hablando, un hombre
abrió la puerta y se llevó a Emma. Yo intenté impedirlo, pero no pude.
<<Espera>>, pensé. Me acordé de que tenía el móvil. Al estar en el
coche no podía llamar, así que decidí esperar hasta que me olvidé por completo. Miré por todos los bolsillos de la
chaqueta y del pantalón. No estaba. Se me debió caer o me lo quitaron cuando me
durmieron en aquella calle. Maldita sea. Y estuve allí, encerrada, en un
pequeño y frío lugar, a oscuras y sin mi móvil.
Pasado un rato, aún asustada pero aburrida,
me empecé a tocar el pelo y me encontré con una horquilla medio caída. Alegre, o
lo que se puede llamar “alegre”, me la quité, la doblé un poco y la introduje
en la rendija de la llave. Estuve un buen rato intentando abrir la puerta
intentando imitar lo que hacen en las películas sabiendo que las probabilidades
de que funcionase eran escasas. Lo seguí intentando hasta que,
sorprendentemente, lo conseguí. Salí apresurando de aquella habitación,
sigilosamente para evitar que me oyesen. Tuve que sortear a unos hombres
vestidos de negro, que al verlos me recordaron al hombre ese del supermercado.
Increíble. No me había dado cuenta de que me seguían desde hacía días.
No fue fácil encontrar a Emma. Escuché unas
voces, abajo en una salita. Había una voz desconocida, con acento alemán. Me
asomé en la puerta evitando que me vieran, y vi a Emma atada a una silla,
callada y muy seria.
-¿Quiere un
café, o un té mejor?- Preguntó Silvia al alemán.
-Un té
helado, gracias.-Contestó él. ¿Un té helado en pleno invierno? Veo que este tío
estaba muy loco. Vestía elegante, con objetos de oro puestos por la chaqueta.
Era rico, sin duda.
Silvia se levantó de un gran sillón y caminó
hacia la puerta. Yo tuve que esconderme detrás de un mueble que había detrás de
mí. Por suerte, no me vio. Sonó el timbre de un móvil, el de aquel alemán,
podía ser. Subió por las escaleras y entró en una habitación. Este era el
momento de actuar. Entré rápido en la sala y deshice el fuerte nudo de la
cuerda que ataba a Emma. Me dio las gracias en un susurro y buscamos un sitio
para salir de allí cuanto antes. Vimos una gran ventana al fondo y, como era
una planta baja, saltamos a fuera. De repente, Silvia nos vio saltar, y tiró al
suelo el té del alemán y llamó a sus guardias, chillando. Nos fijamos en que en
la entrada había cámaras de seguridad, así que tuvimos que cruzar por el borde
del precipicio. Bajamos un poco hasta estar seguras de que las cámaras no nos
podían ver, así tardarían más en localizarnos. Teníamos que ser lo
suficientemente rápidas, pero por este camino era bastante difícil. Pasando de
una roca sobresalida a otra estuvimos a punto de llegar arriba y salir
corriendo. Pero justo en el último momento apoyé mi pie sobre una roca suelta,
y me quedé colgando del brazo de Emma. Mi vida dependía de un brazo. Con mucho
esfuerzo ella consiguió ayudarme a subir. Se lo agradecí con todo mi corazón.
Ya casi éramos libres, porque ese precipicio nos ayudó mucho. Pero teníamos un
pequeño problema. No sabíamos cómo llegar a casa. No podíamos hacer otra cosa
que salir corriendo cuesta abajo, y así fue. Llegamos a una pequeña bahía, con
una pequeña fuente de agua potable en una esquina. Sonriendo nos acercamos a
ella y bebimos hasta hartarnos. Saciadas ya, nos quedamos allí unos cinco
minutos para poder descansar y recuperar el aliento, detrás de una roca, por si
bajaban Silvia y los demás. Ya amanecía, era muy temprano, y nos pusimos en
marcha hacia la autopista. Como suele haber teléfonos para llamar gratuitamente
por si tienes algún accidente o algo similar, llamamos al número de
emergencias. Les dijimos, resumiendo, lo que nos había pasado y también donde
estábamos. No tardaron mucho en llegar. Eran dos. Emma y yo les explicamos las cosas más
detalladamente. Uno de los dos hizo una llamada a un policía, y al acabar de
hablar con él nos dijo que su compañero se quedaría vigilando para ver quién
bajaba de aquella montaña y que mientras, él nos acompañaría a nuestras casas.
Felices y aliviadas, mi mejor amiga y yo, subimos al coche.