PRÓLOGO

Estuve encerrada, en un pequeño y frío lugar, a oscuras y sin mi móvil. ¿Que cómo llegué hasta allí? Ahora os lo explico.

Me llamo Andrea y tengo dieciséis años. Tengo dos hermanos Álex y Adriana, son mellizos y tienen seis años. Nuestra madre murió en un accidente unos meses después de que ellos nacieran, y el trabajo impide que veamos a nuestro padre durante mucho tiempo. Y, por eso, yo tengo que cuidar de mis hermanos.

En Navidad, mi tía Natalia se lleva a mis hermanos a su casa una semana con sus hijos, Sol, con cinco añitos, y Izan con siete. Así tengo tiempo para comprar los regalos para los peques.

domingo, 29 de julio de 2012

Capítulo 4


Estábamos subiendo una montaña, cerca de un gran precipicio, del cual no se podía ver el fondo. El coche iba frenando poco a poco y Emma se fijó en que estábamos entrando en el recinto de alguna mansión. El coche aceleró y pudimos ver la casa. Era siniestra, y más aún por la noche. Estábamos sorprendidas de la inmensidad de la casa a la vez que asustadísimas por no saber lo que nos iban a hacer. La mujer aparcó y el señor Méndez abrió el maletero y nos sacó de un tirón con tanta fuerza que casi nos arranca el brazo. La mujer nos miró a las dos de arriba abajo y sonrió pícaramente con unos dientes blanquísimos.
-¿Quién será la primera, jefa?- Preguntó él.
-Ella,- dijo, señalando a Emma.-pero de momento enciérralas. Arriba, en el trastero.
-Sí, señorita Silvia.- Dijo el hombre, mirándome a los ojos, con una mirada de lo más asesina. Me llegó a estremecer la frialdad de ese hombre.
   Silvia sacó de su gran bolso unas llaves, a saber cuántas llevaba, escogió una y abrió el portón. Las baldosas de aquella sala eran de mármol de tonos marrones y los muebles de madera muy elegantes. Subimos por una larga escalera hasta llegar a una habitación oscura. De pronto el señor Méndez nos empujó hacia dentro y nos encerró con llave. Me di cuenta de que Emma lloraba.
-Andrea, ¿qué nos va a pasar?- preguntó con la voz temblorosa.- ¿De qué seré yo la primera?
-No lo sé…- Dije suspirando.- Oye, ¿cuántos años tienes?
-Quince, dentro de dos meses cumpliré dieciséis. ¿Y tú?
-Dieciséis ya. ¿Tienes hermanos?
-No, soy hija única.
-Vaya, que suerte, yo tengo dos hermanos, mellizos, de seis años.
-¿Cómo se llaman?- Preguntó curiosa y lo divertida que se puede llegar a estar en esas circunstancias.
-Adriana y Álex. A mi madre le gustan los nombres que empiezan por A.- Respondí sonriendo.
   Nos seguimos contando la vida y nos hicimos grandes amigas. Fue como si el destino nos hubiese unido en una simple noche de Reyes.
   Después de un buen rato hablando, un hombre abrió la puerta y se llevó a Emma. Yo intenté impedirlo, pero no pude. <<Espera>>, pensé. Me acordé de que tenía el móvil. Al estar en el coche no podía llamar, así que decidí esperar hasta que me olvidé por completo. Miré por todos los bolsillos de la chaqueta y del pantalón. No estaba. Se me debió caer o me lo quitaron cuando me durmieron en aquella calle. Maldita sea. Y estuve allí, encerrada, en un pequeño y frío lugar, a oscuras y sin mi móvil.
   Pasado un rato, aún asustada pero aburrida, me empecé a tocar el pelo y me encontré con una horquilla medio caída. Alegre, o lo que se puede llamar “alegre”, me la quité, la doblé un poco y la introduje en la rendija de la llave. Estuve un buen rato intentando abrir la puerta intentando imitar lo que hacen en las películas sabiendo que las probabilidades de que funcionase eran escasas. Lo seguí intentando hasta que, sorprendentemente, lo conseguí. Salí apresurando de aquella habitación, sigilosamente para evitar que me oyesen. Tuve que sortear a unos hombres vestidos de negro, que al verlos me recordaron al hombre ese del supermercado. Increíble. No me había dado cuenta de que me seguían desde hacía días.
 No fue fácil encontrar a Emma. Escuché unas voces, abajo en una salita. Había una voz desconocida, con acento alemán. Me asomé en la puerta evitando que me vieran, y vi a Emma atada a una silla, callada y muy seria.
-¿Quiere un café, o un té mejor?- Preguntó Silvia al alemán.
-Un té helado, gracias.-Contestó él. ¿Un té helado en pleno invierno? Veo que este tío estaba muy loco. Vestía elegante, con objetos de oro puestos por la chaqueta. Era rico, sin duda.
   Silvia se levantó de un gran sillón y caminó hacia la puerta. Yo tuve que esconderme detrás de un mueble que había detrás de mí. Por suerte, no me vio. Sonó el timbre de un móvil, el de aquel alemán, podía ser. Subió por las escaleras y entró en una habitación. Este era el momento de actuar. Entré rápido en la sala y deshice el fuerte nudo de la cuerda que ataba a Emma. Me dio las gracias en un susurro y buscamos un sitio para salir de allí cuanto antes. Vimos una gran ventana al fondo y, como era una planta baja, saltamos a fuera. De repente, Silvia nos vio saltar, y tiró al suelo el té del alemán y llamó a sus guardias, chillando. Nos fijamos en que en la entrada había cámaras de seguridad, así que tuvimos que cruzar por el borde del precipicio. Bajamos un poco hasta estar seguras de que las cámaras no nos podían ver, así tardarían más en localizarnos. Teníamos que ser lo suficientemente rápidas, pero por este camino era bastante difícil. Pasando de una roca sobresalida a otra estuvimos a punto de llegar arriba y salir corriendo. Pero justo en el último momento apoyé mi pie sobre una roca suelta, y me quedé colgando del brazo de Emma. Mi vida dependía de un brazo. Con mucho esfuerzo ella consiguió ayudarme a subir. Se lo agradecí con todo mi corazón. Ya casi éramos libres, porque ese precipicio nos ayudó mucho. Pero teníamos un pequeño problema. No sabíamos cómo llegar a casa. No podíamos hacer otra cosa que salir corriendo cuesta abajo, y así fue. Llegamos a una pequeña bahía, con una pequeña fuente de agua potable en una esquina. Sonriendo nos acercamos a ella y bebimos hasta hartarnos. Saciadas ya, nos quedamos allí unos cinco minutos para poder descansar y recuperar el aliento, detrás de una roca, por si bajaban Silvia y los demás. Ya amanecía, era muy temprano, y nos pusimos en marcha hacia la autopista. Como suele haber teléfonos para llamar gratuitamente por si tienes algún accidente o algo similar, llamamos al número de emergencias. Les dijimos, resumiendo, lo que nos había pasado y también donde estábamos. No tardaron mucho en llegar. Eran dos.  Emma y yo les explicamos las cosas más detalladamente. Uno de los dos hizo una llamada a un policía, y al acabar de hablar con él nos dijo que su compañero se quedaría vigilando para ver quién bajaba de aquella montaña y que mientras, él nos acompañaría a nuestras casas. Felices y aliviadas, mi mejor amiga y yo, subimos al coche.

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